La IA escribe el código. El criterio sigue siendo mío

Hace poco alguien me dijo:

“Con la IA que hay ahora, cualquiera puede hacer lo que tú haces.”

No me molestó. Me hizo pensar.

Porque tiene parte de razón. Y parte de error grande.

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Es verdad que la IA escribe código.

Escribe mucho, rápido, y normalmente bien.

Cualquiera puede pedirle que le haga una aplicación y obtener algo que funciona en la pantalla.

Hasta ahí, cierto.

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Pero déjame contarte lo que la IA no hizo.

No se sentó con el gerente a entender por qué los técnicos perdían una hora al día.

No decidió qué problema valía la pena resolver primero y cuál podía esperar.

No se dio cuenta de que la solución elegante que proponía iba a fracasar porque nadie en obra la iba a usar.

No supo que ese campo “opcional” en realidad era crítico para facturar.

Todo eso lo puse yo.

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La IA es como una calculadora muy potente.

Una calculadora hace cálculos que tú no harías a mano en la vida.

Pero no te dice qué hay que calcular. Ni qué significa el resultado. Ni qué decisión tomar con él.

Eso siempre fue, y sigue siendo, trabajo humano.

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Lo que ha cambiado no es que mi trabajo valga menos.

Es que la parte mecánica de mi trabajo ya no es donde está el valor.

El valor está en entender el negocio. En hablar con las personas. En decidir qué construir y por qué. En distinguir una buena solución de una que solo parece buena.

La IA me ha quitado la parte fácil.

Y me ha dejado más tiempo para la parte difícil, que es la que de verdad importa.

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Así que sí, cualquiera puede pedirle código a una IA.

Pero saber qué pedir, por qué, y qué hacer con lo que te devuelve… eso sigue siendo un oficio.

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